¿por qué?

Cuando entré a estudiar arquitectura, no tenía papás, tíos, primos, ni amigos arquitectos. Nadie me avisó que iba a dormir poco, que hay que vibrar el hormigón o que los portaplanos no se usan demasiado. He aquí una pequeña ayuda para los que todavía no saben que se van a cortar el dedo,  que las maquetas empiezan a romperse apenas las terminan, que descubrirán la hora de la madrugada a la que cantan los pájaros y que los enunciados de las tareas se entienden un año después de pasar el curso.